Tauromaquia y sangre

Espectáculo de la sangre.

Ésta es  tan solo una definición que con nada más   hacerla ya se presupone la objeción de lo que es. El consumo taurino es esto: un consumo de imágenes sangrientas. En otros países la gente se agolpa en los estadios para asistir a ejecuciones públicas. En otros tiempos, los cadalsos eran puntos neurálgicos para la expectación. A falta de pena de muerte, matar toros en las plazas a la vista del público cumple con esa demanda tácita de sufrimiento y sangre. Los animales apenas si tienen derechos y  tratarlos con crueldad forma parte de un tipo de actividad festiva. Nunca he ido a una corrida ni nunca iré. Lo que sé de ellas es lo que me han contado y lo poco que he visto por diferido. He tenido suficiente con las experiencias en directo en sanFermines o con toros embolados en localidades levantinas en las que a mayor  sufrimiento de los animales se incrementaba la hilaridad de la gente: ancianos, hombres hechos y derechos –es un decir- y niños manipulados para la tradición de la violencia.  ¡Eso sí! Despues, todos,  tenían cita con la procesión religiosa para pedir perdón por sus pecados.  Amas de casa, señoras correctas  durante todo el año –es otro decir-  educadas y correctas están puestísimas al día del martirio del animal. Sacan sus justificaciones de debajo de la manga diciendo que al tratarse de bravíos prefieren morir luchando que ser enviados directamente al matadero. “Al fin y al cabo son animales” –declaran rematando las conversaciones- .No nos consta que sean en todo caso menos animales que esos humanos que deciden su muerte para jolgorio general.

Lo cierto es que entrar en una conversación con espectadores de la sangre tiene malos augurios. Pronto el tema se visceraliza. Discutirle a alguien ese procedimiento por incivilizado es desproveerle del plato fuerte de su fiesta mayor o de la efemérides crucial de una corrida porque venga no sé qué torero famoso o reúna a las ilustrísimas del parque de los notables. No voy a poner en duda el peso antropológico de la tradición y la mitología unida a esa barbarie. Antiguamente los luchadores necesitaban demostrar su coraje ante un animal que por su envergadura podia destrozarlos con un golpe de su cornamenta. Los maletillas veían en el toreo una alternativa para salir de sus miserias campesinas por la vía del riesgo y de la fama. Eso es algo que no sigue sucediendo aunque de ello quedan reminiscencias. En los programas de imágenes, que se hacen eco de cogidas de tipos infaustazos que van de  héroes ante la bravura de esos animales, uno no puede menos que preguntarse ¿pero pertenecemos a la misma especie? La pregunta no es para los toros sino  para los tontos que quieren demostrar “sus cojones”, porque esa es la palabra que usan, y acaban siendo usuarios prematuros de féretros u ocupantes de camas hospitalarias por una temporada o quedan lisiados de por vida. Ninguna palabra de solidaridad por los infortunados. Se lo han buscado. Una frase corta de piedad para quienes iban de paso como turistas despistados o espectadores que se acercaron demasiado y peligrosamente y les alojaron un golpe terrible. No lo sospechaban. ¡qué le vamos a hacer! ¡pobrecitos!

 Lo cierto es que la tauromaquia sigue siendo presentada como un arte (el del toreo, se dice) cuando se trata de  una cita criminal –subrayando todas las palabras- contra la indefensión. No son dos individuos con igualdad de medios los que están en la arena de la lucha para placer visual de un público que ha delegado el valor que no tiene, en los toreros que quieren demostrar no sabemos qué ¿hombría? ¿estupidez? Son un reo y su verdugo, eso sí haciéndole creer al primero que tiene una posible esperanza de vida.

Ese espectáculo de sangre no es ajeno al teatro de la violencia del país que lo permite. ¿Cómo hacer un debate fiable en contra de la violencia circulante, la callejera, la social, la laboral, la terrorista, si sigue permitiéndose el espectáculo de la sangre y se le justifica con el máximo de hipocresía como de un acto cultural? La fotogenia de esos actos salvajes no justifica esa muerte atroz. La lista de plumas célebres, pero equivocadas, al respecto de ello, solo demuestra que detrás de la buena literatura no siempre hay buenas personas.

Es sospechoso que siga habiendo gente, con una cierta cultura, de buena familia –otro decir- y con sensibilidad para otras cosas que le guste en su repertorio de aficiones ver como matan una vida ajena. No dudo que puedan tener síndrome de abstinencia del rojo.  ¡Muy bien que se compren un bote de tinta china y pongan a perder la alfombra o sus trajes de novia! pero no que basen su placer de avidez  vampírica matando vidas inocentes. Mucho menos en un tiempo en el que el porcentaje mayoritario de la población está en contra de esa clase de festejos, que  por añadidura son subvencionados con  dinero de los impuestos de todos.

Ojalá ésta idea tocara lo que le quede de fibra sensible a algún magnatario para impedir nuevos espectáculos de sangre. Ojalá que no se vuelva a abrir nunca más la plaza Monumental y otras para ubicar la soberbia y agresividad humanas y que cuando se abra se haga para ubicar otros actos más dignos: uno podría ser una memoria sobre los crímenes de la humanidad (de y no contra) perpetrados a .las demás especies compañeras del planeta.

 



[1] http://jesusricartmorera.blogdiario.com/1182335880/

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La transculturalidad es el conjunto de sinergias y fusiones que se van dando entre ideas y energías de distintas procedencias, culturas y cosmovisiones.

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