El fin de los referentes.

Para Joaquin Sabina.

Los desheredados nunca lo somos del todo. Siempre nos queda un último reducto que perder. Aquel  talismán en el que habíamos confiado se ha colado por la ranura del cajón. Aquella voz poética de la que seguíamos sus álbumes se ha ido al espectáculo de la sangre de una corrida de toros. Aquel antiguo compañero de manis que ahora está en el poder nos envía a la policía para criminalizarnos. Los desheredados lo somos desde un día ya remoto en que nos quedamos sin esperanza, sin ideas de futuro, sin líderes en los que creer, sin héroes a los que seguir. Estábamos advertidos: íbamos a vivir una época de descrédito de todo, tanto, que hasta las palabras serian sustituidas por los iconos, y los sueños de colores por  tiras  binarias rápidas de ceros-unos en blanco y negro.

No hay motivo para ningún sobresalto. Contribuimos a la lucha contra los dioses: acabamos por un igual con los becerros de oro que con el santoral de escayolas. Dejamos los templos para los creyentes y nos fuimos a hacer el amor libre por los suelos de los bosques. Nos hicimos ateos intuitivos con la obligatoriedad de aprender de memoria un primer catecismo y nos consolidamos como descreídos medulares escapando a la  obligación los ritos católicos. A fuerza de vivir tuvimos que desvivir lo anterior, deconstruirnos como seres engañados según nos enseñó Deleuze. El entorno nos hizo sociópatas, sujetos desagregados de las masas de saldo ávidas de coca-colas, hacer horas-extras y tener coches ultimo modelo con top-model subida a la carrocería. Nos sacamos carreras universitarias y algunos títulos pomposos para tener justificaciones legales para  trabajar, pensar o publicar. Nos vaciamos de mentiras, o así lo creímos, para dar cobijo a una nueva tanda de otras disfrazadas de progresismo. Las pancartas que inventamos las heredaron muchachadas que las usarían como soportes para anunciar sus ceremonias de blanco y de postín. Los poemas que escribimos se los copiaron plagiadores de ideas para sacar sus tajadas económicas. Los proyectos en los que creímos se los llevaron sus ilustrísimas a los despachos instituciones para hacer revoluciones pendientes con salarios de gobernantes.

Luego, fuimos viendo como los predicados de la justicia, de la rebelión y de la libertad se irían apoderando gradualmente las casas comerciales y los periódicos monárquicos. Nos hemos quedado sin discurso porque el que hacíamos: aquel de la bondad, la solidaridad fraterna, la libertad de opinión y lo de una sociedad de oportunidades se ha convertido en un hazmerreír del personal de moda. Nada nos asombra. No hay consignas, no hay slogan válido, no hay afirmación sin contradicción.

Si queremos saber por donde sigue la historia es mejor escucharlo en el eco de una caracola de mar que en cualquiera con una cuota de poder que sigue con el camelo de pasar por representante y por los intereses del pueblo. ¡qué pueblo?¿el que va a los toros y al fútbol después de tantos años de vergüenza de la no-fiesta nacional?  Antes, la clase obrera era un referente, la noción de los trabajadores infundía respeto. La idea de izquierda era todo un parámetro. La sociedad sin clases, todo un objetivo. De todo esto queda una vieja y rancia literatura. Las guitarras siguen rememorándola.

Seguimos en el círculo de siempre. Estamos atrapados por una línea continua regular que encierra un espacio blanco, que nos encierra, que sigue sin dejarnos ver lo que hay fuera. Todo el mundo puede hacer lo que quiera dentro de los límites de las previsiones. Dar un paso afuera es castigado con la amputación del pie. Si no es suficiente, las ordenanzas pautarán extirpar el bazo, los labios y los ojos además del otro pie y manos. Somos reos de una realidad estanca. Más allá hay una platea de negritud en la que se supone que está la escucha atenta de los acontecimientos. ¿qué acontece? Nuevas formas de búsquedas de ritos y dioses. Pero no hay potestades que salven a la humanidad de su indigencia mental. En la supuesta alternativa, queremos palabras que nos iluminen, canciones que nos sosieguen, amores que nos hagan creer excepcionales, orgasmos apoteósicos que nos hagan olvidar todo lo demás, lecturas que nos zambullan en el imaginario para sobrevivir a la realidad, amantes que nos sean incondicionales y un mundo redistribuido en el que se pueda volver a mirar a la cara a la gente y en el que no haya temor de lo que nos espera a la vuelta de la esquina.

Nos hemos quedado sin referentes. No queda  nadie a quien creer. A lo mucho gente de relleno para ocupar el rato etiquetándolo de cultura. La ilusión se ha olvidado de dejarnos un reguero de marcas para que la sigamos. En la mediática del arte todo el mundo lucha por encaramarse a su puesto. No hay artista sin una abuela que no le haya empujado a creer en si mismo. Al menos que por encima de todo quede algo: un grito de silencio, la desesperación de quien no tiene nada. Pero no hay un fondo tan ultimo en el que no haya una última cosa que perder: el semblante, el líquido cefalorraquídeo, la saliva. A pesar de todo el perfil del desheredado es el de un cuerpo hidratado,tirando incluso a cebado, con unos ingresos que le siguen permitiendo ser un consumidor -no importa de que- con tal de que en su mano siempre se mueva un billete con el que pagar la siguiente consumición.

Nunca nos fue prometido que los referentes que nos influyeron en la adolescencia o a los que admiramos por décadas tuvieran que seguir siendo consecuentes con sus decires. Nadie  esta tan seguro como para poder  decir de si mismo que nunca traicionará sus ideas. Ni siquiera el redactor de un memorándum de crítica. Todo el mundo tiene pues su coartada desde el momento en que sabe que solo será el pálido reflejo de lo que quiso ser y nunca le dejaron.

 Las voces y la música que ha llenado nuestros mejores momentos está bien provista de personal que priorizó sus intereses personales a su discurso público. Es la ley de la raza. La traición de los líderes que dijo Xirinacs. No es tan grave: siempre podremos acudir a un libreta en blanco y a esa caracola donde escuchar murmullos interpretándolos  a nuestro antojo haciendo del más vulgar  bloc de notas el único libro que dé sentido al vacío de cada cual. 

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La transculturalidad es el conjunto de sinergias y fusiones que se van dando entre ideas y energías de distintas procedencias, culturas y cosmovisiones.

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