Desconfirmaciones
Desconfirmaciones. Causas y Consecuencias
La mayoría de los atropellos relacionales vienen dados por malentendidos. Un malentendido es una confusión en el traslado de un mensaje. Mientras un emisor cree que su mensaje ha sido recogido y aceptado por un receptor, éste lo traduce de manera distinta a los datos enviados por aquel. Con esto –que es una teoría simple de la comunicación humana- nos bastaría la anterior descripción para justificar la mayoría de confusiones entre hablantes. La teoría no da la cobertura suficiente para las razones del malentendido. Segunda tentativa de definición: un malentendido es una confusión generada por equívocos en el mensaje más factores adicionales de la subjetividad de los comunicantes tales como desidia, incoherencia, informalidad, falta de tacto, minus inteligencia u olvido entre otros varios. En principio un acuerdo cualquiera es la concreción de un mensaje consensuado. Los dejes lingüísticos están cargados de ellos que los hechos reales se encargan de demostrar que no se cumplen. Lo que caracteriza a las personas racionales es su capacidad de cumplimiento de un compromiso y su parte de autoría en un planning o compromiso. Cuando un individuo revela su incapacidad en ambos criterios deja de tomársele en serio. Cada vez que alguien no cumple su rol de acuerdo a lo previsto y a lo asumido por esa persona está desconfirmando a la otra que cuenta con ella. La desconfirmación es una manera implícita y a menudo inconsciente de rechazo. Aprendí el concepto de desconfirmación en Comunicación Social. La realidad está llena de ejemplos de desconfirmación: formas de conducir irrespetuosas o formas de hablar atropellantes son tantas otras maneras desconfirmatorias. El sujeto invasivo reduce a la inexentencialidad a los demás cuya presencia ignora. Es un dato menor si esa ignorancia es deliberada o no y la fuerza de la costumbre de la irrupción o del irrespeto hacen el resto. Lo cierto es que hay formas de actuar tan individualistas que cada acto generen son actos desconfirmatorios. No es rato que a partir de esos actos se produzcan toda clase de confusiones que afectan al mensaje.
Un mensaje no contiene solo las palabras que se dicen sino todo su entorno, por tanto también las que no se dicen y a través de que maneras e intermediarios se dicen. El parámetro multifactorial que un mensaje o un acuerdo queda reducido a su incumplimiento y peor que a la nada a una lección aprendida concretada en una prevención con quien no lo cumple varia para cada particular per ose repite como sub-realidad en una mayoría de veces. Lo que Arturo Pérez Reverte aplica como déficit de los españoles en no sacar lecciones de sus errores históricos, a propósito de su ultimo libro el día de la cólera, que refiere los hechos del 2 de mayo de 1808; se puede aplicar a muchas culturas, las hispánicas las primeras o en las que he visto su mayor frecuencia recurrente, por lo que hace a los errores de relación humana. Una desconfirmación a alguien es no tenerlo en cuento con aquello que está explícitamente acordado (respetar el turno de palabra, cumplir con una cita o desarrollar un evento previsto entran en ese sector) o bien está implícitamente previsto (el respeto a prioridades automovilísticas, no fumar en espacios cerrados o guardar silencio atencional durante una conferencia entran en ese otro sector). Tras una cierta repetición de veces de actos de desconfirmación en el rol de víctima con distintas personas en distintos momentos se concluye que hay inercias culturales no elegantes que dominan las relaciones o que la propia condición humana no está a la altura de sus predicados. Si la repetición de estos actos se da con una misma clase de personas recurrentes en distintos momentos y para distintos temas se concluye que hay una tendencialidad personal no autocorregida ni un interés en la evolución. Lo de menos ya es la falta de respeto sufrida –siempre desde el punto de vista de la condición de victima o de sujeto plantado- sino la imposibilidad de confianza. Quien tras una cierta cantidad de veces incumple en la perspectiva que dijo asumir la falta de compromiso se transforma en una falta mayor la falta de sujeto que no la cumple. A partir de ese momento forma parte del decorado pero deja de ser tenido en cuenta como alguien que pertenezca al real sólidamente instalado.
Mientras esas experiencias pasan por los números pequeños (el de pocas personas, no más de 10, por decir un numero que empieza a ser importante) se fabula sobre su condición excepcional y minoritaria. Tal vez, una condición determinada por una constelación de lo personal muy compleja con individuos muy complicados. Si las experiencias se multiplican y alcanzan los números mayores: docenas o cientos, toda fabulación esta en contra de la lectura analítica y toca pensar en los imposibles humanos para hacer frente a sus compromisos. Las disfunciones limitantes estudiadas sujeto a sujeto están detrás de la explicación científica de los incumplimientos en lo concreto en los compromisos más elementales. Aquellos malentendidos como palabra genérica para explicar confusiones no sirven en lo más mínimo y hay que denominar a situaciones deficitarias estructurales que permitan pasar al balance concreto de las taras. Un ser humano instalado en el cumplimiento de lo que dice ser y de sus ideas va dando lugar a un espectro tarado de si mismo. Para la observación externa la tara y el tarado integran un tándem auto asignado más que una imposición biológica, sociológica o neuronal. Las personas tienden a dividirse entre los que eligen ser parte de las soluciones y los que eligen ser parte de los problemas, los que eligen ser emperadores de nuevos valores de vida y los que consolidan la negatividad de los clásicos, los que eligen ser cumplidores consigo mismos y los que incumplen sus tratos.
Claro que los acuerdos en la vida no siempre están del todo claros. Cuantos más eslabones intermediarios haya entre mensaje y su recibo más posibilidades hay para la malinterpretación. Además, el acuerdo con una persona puede entrar en colisión con otro acuerdo con otra persona. Una persona es tanto más adulta cuanto más capaz es de llevar a término sus distintas responsabilidades en paralelo con las distintas personas con las que va tratando en la vida. Si no puede hacerlo porque las sumisiones a unas les lleva a faltar a la palabra a otras su independencia mental y autónoma queda seriamente dañada.
La característica fundamental de la persona es su capacidad comunicativa y la del hablante su capacidad de cumplimiento con la palabra dada. Incumplirla continuadamente convierte a quien la ha dado en un irresponsable y en un desacredito. Quien no tiene palabra todo lo demás que pueda tener no va a suplirle tal inconsecuencia. Cuando ese alguien forma parte de la constelación personal: es el hijo, es el compañero, es el amante, es el padre al sujeto que lucha por su autenticidad se le vienen abajo todos los referentes y tras algunas repeticiones insistiendo en la confianza, nuevamente traicionada, retira de su cartera de crédito sentimental y organizativo a aquel que no da la talla suficiente para el compromiso.
No es tan distinto el funcionamiento mental por lo que hace a la entrega sentimental y a la confianza en las personas que una política de créditos que va a seguir un prestamista con respecto a quien le solicita un préstamo. La comparación es odiosa pero el símil sirve perfectamente para plasmar ese fenómeno.
En cada acto de desconfirmación que se hace a otro ignorándolo en lo que se ha quedado el primer damnificado es este por haber confiado cuando no debía pero a la larga el más perjudicado es el que desconfirma instalándose en un perfil de irresponsabilidad permanente oculta. Si dentro de lo causal está la discriminación negativa para quien contaba con lo previsto y es incumplido, dentro de las consecuencias se hallara la pérdida de auto crédito (además de la perdida de crédito ajeno) suficiente de la persona que ha acostumbrado su modo de relacionarse a una inseguridad permanente. Puesto que asistimos a un fenómeno pandémico al respecto cuanto menos funciona la palabra dada menos posible es creer en el ser humano como tal. Si esa falta de creencia crece y se consolida, por muy razonada que sea y muy entendida como una consecuencia lógica del proceso descrito, se convierte en un factor objetivo que consolida aquello de lo que hay, motivos para lamentarse en un mundo deficitario. Dicho de otra manera: el sujeto que acumula experiencias de desconfirmación se queda sin justificaciones para atribuirlas a malentendidos ocasionales o a limitantes externos, termina por ver la responsabilidad subjetiva que hay detrás de quien las causa; desiste de discutírselas dándole el derecho a sus equivocaciones y, por extensión, dándoselos a la sociedad en su conjunto tal como es.
Cuando hablamos de que otro mundo mejor es posible tendemos a inferir que ese otro mundo pasa por el fin del capitalismo rabioso en su fase de expolio internacional con el libre comercio no-planificado o con una sociedad más justa y sin clases antagónicas. En realidad la primera e inmediata lucha por ese otro mundo posible nos toca hacerla en los frentes doméstico y relacional-personal. Aquí fracasamos todos/as al desistir de luchar por valores alternativos de vida ante quienes optan por seguir consolidando los conservadores. Desistir nos convierte en otros reproductores de la desidia aunque la vía de adopción de tal actitud pueda ser más razonable. Es así que la desconfirmación continuará reproduciéndose y la falta de deferencia mutua seguirá siendo el fenómeno más grave en el psicorama internacional. Distinguir los procesos individuales que llevan a él, no hace más que argumentar las razones de su permanentización por mucho que nos duela. En particular cuando esos procesos inciden en los ámbitos más cercanos con gente próxima en las distintas áreas de convivencia, emocionalidad, consanguinidad e ideas.

