El rol masculino de Ellas.
El rol masculino atraviesa una de sus épocas más duras. Paga las consecuencias de las actitudes machistas y mezquinas que los hombres han venido ocupando durante siglos en las relaciones de sociedad y, especialmente, en las relaciones con sus compañeras de especie. Está recibiendo todas las bofetadas simbólicas como contraprestación por todas las que diera en forma de gritos, prepotencia, falicismo y también físicas. El hombre de hoy está sujeto a la ley kármica, no necesariamente esotérica, recibiendo las afrentas que en su momento diera como padre, como marido, como hermano e incluso como hijo a las mujeres con las que se relacionara. El hombre ha sido quien ha detentado la condición física del poder y la jefatura de familia a través de los tiempos y de las culturas. Esto está tan consensuado que nadie trata de averiguar las excepciones a esa afirmación. Un día u otro, el hombre tenía que ser colocado en su lugar, desvestirlo de su machismo y tratarlo de tú a tú. La fuerza de la razón debía, tarde o temprano, de retirarlo de sus puestos primeros y de su intocabilidad privilegiada.
Las mujeres organizadas con la sociedad capitalista en alza han conseguido ir neutralizando las furias del varón contra la liberalidad fémina. Todavía hay resistencias a ese proceso, que las podemos hallar tanto en el panorama internacional y en los grandes escenarios superestructurales[1] como en pueblos minúsculos[2].
Los jornadismos de los 8 de marzo de cada año recuerdan las injusticias que se siguen cometiendo por razones de condición sexual. Ser hombre o ser mujer comporta cargar con las secuelas del grupo sexual de pertenencia. Hay mujeres que son consideradas inferiores por el hecho de haber nacido como tales y de hecho hay hombres que no son perdonados por serlo. Todavía son elocuentes las situaciones en las que antes de cruzar palabras con una mujer ésta ya se parapeta de él. Esa visceralidad latente sigue siendo preocupante y el tema hombres-mujeres está siendo, en las dos últimas décadas, el gran tema de relación, más que el de padres-hijos, estudiantes-profesores, hermanos-hermanos u empleados-contratistas que estuvieron más de moda en décadas anteriores. El tema estrella de la llamada violencia de género pero que se sobreentiende que es la de la violencia masculina contra sus parejas femeninas está siendo estudiada desde distintas sensibilidades y resonancias públicas.
Aparentemente hay cosas cambiadas al respecto. La legislación ha avanzado de tal manera que no tiene retorno hacía atrás. El ultraje a la condición femenina es punible y el proceso de igualación social es imparable.
Algunas observaciones constatables: Cuando un grupo que aún no se conoce demasiado se va a pasar un fin de semana a una casa de campo, la distribución de las habitaciones o de las camas hará coincidir mujeres de un lado y hombres de otro, cuando un grupo heterosexual ocupa una aula o una platea su distribución por los puestos suele agrupar más las mujeres en unas zonas y los hombres en otras, también sucede en una mesa de comida. Aún ahora las diferencias anatómicas acompañan unas diferencias sutiles de psiquismos mucho más complejas.
Sin duda los hombres están, estamos, pagando por nuestra condición y lo hacemos todos por nuestra condición física histórica y nuestro rol de dominio (tanto los que los ejercieron como quienes no los ejercimos nunca ni quisimos ejercerlo), terriblemente injusto en demasiadas ocasiones y definitivamente imperdonable. Hasta los machistas más obtusos saben que sus gestos y frases no tienen salida y su manera de pensar es caduca y han de cambiar de tácticas si quieren comerse un rosco. Pero inevitablemente un hombre es un hombre y todas las ideas grabadas que siguen dejando huella en su cerebro le impide tratar por un igual a las mujeres cuando es fruto de una manipulación educativa que lo coloca como rey de su especie. Por su parte las mujeres tampoco se tratan por igual entre ellas que con ellos. Una mujer tiende antes a entablar conversación, a saludar o a depositar confidencias con otra mujer que con el hombre que esté a su lado. Cuando ambos le sean desconocidos.
Un hombre es fuerte, no llora, no se comunica tanto, se ocupa de todos los problemas que piden fuerza o gestiones. Antes era el semental que tenia hijos en la familia y fuera de ella. Ahora sigue siendo el semental ideológico que se obliga a sí mismo a fertilizar a las mujeres con sus ideas, a organizarles la vida, a pagarles las invitaciones, a no pasarles factura por nada. Éstas, con todo su feminismo a menudo aceptan el rol pasivo de ser seducidas, invitadas, pagadas, conquistadas. Las mujeres siguen dejando caer el pañuelo mientras mueven sus culos para elegir a su conquistador. Su iniciativa acaba allí, la de ellos tiene que cargar con la mayor parte del cortejo aunque quien tenga la última palabra sea la astucia femenina. No se trata de una iniciativa falta de imaginación o recursos intelectuales sino deliberadamente moderada e inteligentemente estratégica. La seductora crea las condiciones propicias para la escena pero deja indirectamente el peso del argumento al hombre que va tras ella. La mujer corresponde a la mirada invitatoria con una mínima dosis de correspondencia y picardía. La justa cantidad para no pasar por provocadora pero la suficiente para no perder la oportunidad del juego de roles inminente que se le ofrece: ella como sujeto divino dispuesto a dejarse querer, él como caballero andante dispuesto a demostrar su valor (ahora diremos sus créditos, su charme, su estatus, su inteligencia)
Pero la condición masculina es dura de llevar, y la psique del varón empieza a permitirse su vulnerabilidad. Cada día hay mas parejas en las que el hombre hace de ella y ella de él, en los términos clásicos. La una lleva el dinero a casa y el otro se queda en la logística. La una va a los bancos, se ocupa de las gestiones telefónicas o de dirigir la empresa y el otro se ocupa de regar las plantas del jardín, preparar la comida o salir de paseo a estirar las piernas. Siempre se dijo lo de que había mujeres que llevaban los pantalones y eran las que mandaban. También se dijo que detrás de un hombre grande para la historia hubo una gran mujer detrás que le dio soporte. No es de ahora que la mujer tiene coraje y enseña sus armas de dirigente para una sociedad que está en renovación. Sabemos del feminismo que para irse posicionando en la sociedad y dentro del movimiento social de renovación no ha desestimado plagiar roles masculinos o arrebatar roles de hombre que tal vez ya le sobraban a la condición masculina. Si bien ser mujer o nacer mujer traía parejo una serie de marcas (sigue sucediendo) predeterminativas para el tipo de vida que le esperaba; ser hombre no era más divertido por mucho que algún punto de vista femenino o feminista haya hecho coincidir el rol de hombre con el de explotador. De acuerdo, las mujeres han tenido que sufrir culturalmente el sometimiento a una duplicación de amos: el patrón de su empresa y el marido en casa. Los hombres ahora tienen que sufrir en otros registros, especialmente los que no están al día del cambio de paradigma y del cambio de su rol.
Mientras la división hombre-mujeres sea la coartada para no entrar en el análisis psicológico de sus roles y la evaluación individuo a individuo pesará más el pre-juicio de lo que se supone que es o debe de ser cada cual que no el análisis de lo que realmente es. El reemplazado de cargos en una vastedad de áreas: en la política, en los cargos ejecutivos, en la aventura, en la empresa, va acompañado con un desplazamiento del rol masculino antes exclusivo de los varones a la psique femenina. Posiblemente ese anuncio ya estaba hecho desde los tiempos en que las mujeres se libraban de las faldas y se ponían los pantalones, ahora se constata plenamente.
El amor y la sensibilidad no son predominantes en un género o al menos eso no está demostrado científicamente. Lo que sí se da son variaciones expresivas del amor y la entrega. Robin Norwood, psicoterapeuta que trata la neurosis amorosa autora de Las mujeres que aman demasiado admitiría que también hay hombres que aman demasiado y que en sus demasías hay coartadas instintivas para exigir al otro más de lo que puede y debe dar y de, en cierta manera, condenarlo a un papel de reo sentimental que no se merece.
[1] como en Irak donde sólo va a permitir que una cuarta parte de sus parlamentarios sean mujeres frente a un 75% de representación masculina;
[2] como Alloza del Teruel profundo con monumento a los caídos aún vigente donde aún puede verse la pintada de Feministas no en la calle mayor , sin que nadie se ocupe de borrarla.