FLUENCIA TRANSCULTURAL

violencia

El negocio bélico

Escrito por jesusricartmorera 03-12-2012 en General. Comentarios (0)

Violencia constitutiva y la sofisticación de las armas. El negocio de lo bélico. parole:JesRICART

Consideramos a las empresas financieras que invierten en armamento como no-éticas, también por lógica deberíamos considerar que no tampoco son éticas  a las empresas que se dedican a fabricarlo y a los intermediarios que se dedican a venderlo. Posiblemente, en términos financieros y de coste de un producto, un arma es igual a otra arma del mismo fabricante y modelo y lo que se calcula de ella, quienes en ella invierten, no es su potencial de destructividad sino su potencial de beneficio. Desde el fabricante de armas para matar, a su financiador, a su comprador y a su usuario último hay todo una cadena de responsabilidades en la que a distinto grado cada cual está más o menos implicado en el resultado final de una muerte. 

La discusión ética sobre armamento no empieza en la financiación sino que ya viene de atrás aunque los últimos años parecen limitar toda la responsabilidad a la inversión bancaria.

Veamos algunos factores precedentes: En el principio de los tiempos intuidos lo que convirtió un objeto en un arma no fue su sofisticación para matar, ni siquiera su fabricación para cumplir tal propósito, sino la voluntad humana, la de un humano para dañar o acabar con la vida de otro. Para ese fin cualquier objeto contundente era un arma, la naturaleza nunca ha dejado de aprovisionar con billones de estos objetos para matar: huesos, piedras y palos, las propias manos humanas han podido ser usadas y siguen siendo usadas para matar.  Esa simple referencia hace pensar que la historia del armamento no empieza con la pólvora ni mucho menos con las armas de destrucción masiva o con las bombas de gases sino que empezó con la misma historia humana desde el primer episodio que un humano peleó con otro con intención de matarlo y lo mató. Después de ese episodio vinieron otros y se extendieron a los conflictos intertribales para luego pasar a los de mayor escala entre pueblos de varios países. La guerra, mal que nos pese, ha sido y sigue siendo una constante de las civilizaciones, de hecho las civilizaciones tuvieron o debieron comúnmente su esplendor  a las glorias bélicas. Hasta no hace tanto la carrera militar era algo a lo que era asignado alguien de las familias importantes y todavía ahora no falta quien se jacta de formar parte de la defensa de la patria. También el presupuesto de defensa (palabra que ya no necesita adjetivo de complemento porque se refiere a la militar) sigue siendo de los más significativos (aunque en periodo de reajustes también haya sido recortado). 

Más allá de la vergüenza que nos produce ser miembros de este mundo que sigue invirtiendo sumas poderosas en investigación bélica y en producción armamentísticas mientras una parte de la población lo sigue pasando francamente mal, hay una reflexión previa a rescatar: el hecho de matar como algo constitutivo de la condición violenta humana. El ideal de un mundo fraterno y la potenciación de la semántica de la fraternalidad no han generado hasta ahora las condiciones idóneas para que la humanidad haga un salto cualitativo y se desembarace de sus arsenales de destrucción. El equilibrio mundial todavía depende de esos arsenales, la correlación de fuerzas mundial está directamente vinculada a quien posee la bomba atómica, los que mandan, finalmente, son los que tienen la capacidad de producir más daño a sus semejantes. La tristeza de tal fatalidad no nos impide repensar el tema con total asepsia. Matar no ha sido un verbo conjugado en el siglo de máxima destrucción o de mortandad humana, sino que ha sido el fenómeno longitudinal histórico más referido. Matar no ha sido la atribución de los más poderosos contra los más débiles sino la de todos contra todos, finalmente los que menos han empuñado armas para disparar con sus propias manos han sido los generales o los políticos dando órdenes desde sus gabinetes a salvo,  los que sí lo han hecho han sido los soldados cumpliendo tales órdenes.  Si las armas de fuego no existieran con toda su tecnología adelantada no significa la gente dejara de matarse. De hecho, el concepto de arma empieza mucho antes que la industria tecnofacturera dedicada a producirla masivamente. Desde el momento en que un primer utensilio sirvió para atacar (o para defenderse) extendiéndolo a esa función polivalente, el arma quedó constituida. Un arpón pudo ser una lanza, un hacha para cortar también lo fue para descalabrar, el arco y la flecha para cazar animales también atravesó a semejantes.

Nuestra posición en contra de toda clase de armamento concebido para las guerras no nos ha de quitar de reflexionar que los siglos armamentísticos por excelencias son el resultado de milenios en los que el ser humano codició lo del ser humano y se valió de la fuerza de sus armas para arrebatárselo. Desde tiempos remotos cabe suponer que hubo dos clases de violencia, la agresiva y la defensiva. Discutirla toda por un igual impide establecer criterios de relatividad que permitan juzgar el valor exacto de cada comportamiento.  Si el principio de no violencia ha de ser seguido independientemente de si alguien lo rompe ¿no significaría eso aceptar sumisamente la servidumbre a los nuevos amos? ¿Los británicos debieron aceptar la invasión de los alemanes entonces? Se ha hablado de guerras justas y guerras injustas. Sería difícil nombrarlas, lo cierto es que toda guerra no es una sola cosa sino que está compuesta por multitud de actos y quienes intervienen en ella pueden juzgar in situ y en directo el montón de barbaridades que se cometen, una gran parte de ellas por elecciones individuales de los protagonistas por encima de las órdenes recibidas de la cadena de mando.

Inicialmente –quiero pensar- la intención de lo bélico no fue  el de la saña y el de la destrucción gratuita  sino el de la autodefensa generando una espiral mutua en que las partes invirtieron más en ésta hasta el punto de vivir en la permanente desconfianza. El hecho de que sigan existiendo tantos ejércitos con demandas de renovación de armamento confirma el fracaso de las diplomacias, pero las armas van más allá de su control monopolístico por el estado.  Mucha gente accede a ellas e incluso no falta una especie de fascinación por sus ingenios mecánicos y  ahora electrónicos. Un museo de armas, de todas las armas, para ver los prodigios de la técnica y de los cálculos de ingeniería conseguidos para destruir no deja de ser una visión panorámica de la capacidad humana para pensar. La mejor arma fabricada sería aquella destinada a una vitrina museística y que jamás hubiera sido empleada no ya para matar a otros humanos sino tampoco para la caza, pero eso suena a canto de ruiseñor. ¿Si muchas culturas no hubieran sobrevivido sin la caza animal por qué pensar que podían haber sobrevivido sin la guerra con los semejantes? Interesante pregunta que nos pone a los pensantes de tal tema en un verdadero aprieto intelectual.

Queremos un mundo sin armas y nos quejamos de los sistemas de financiación implicados en ellas. No es seguro que si no los bancos no dieran crédito para su fabricación dejaran de fabricarse. Tampoco es tan taxativo pensar que todas las armas que se han fabricado en el mundo aun siendo para matar fueron terribles, algunas supusieron contener invasiones o agresiones mucho peores.  La banca responsable de la financiación de este tipo de empresas la consideramos no-ética pero no hay que ignorar que no son los banqueros los que van a empuñar las armas para matar a semejantes como tampoco van a habitar los apartamentos mediocres que han ayudado a financiar o no van a consumir tantos otros productos nefastos (desde los fármacos a los alimentos) que han ayudado a dinamizar. La falta de ética fundamental de los resultados es cada productor y finalmente cada ejecutor de aquello que consume y usa.

Eso no significa que nos satisfaga que los bancos financien fabricación de armas pero lejos de ser un comentario bien intencional y superficial sirve de poco más. No sabemos de ninguna iniciativa popular que vaya a las empresas fabricantes de armamentos con intención de desmantelarlas y reciclarlas para otros asuntos pacíficos, tampoco sabemos de ninguna plantilla obrera que haya renunciado a trabajar para su empresa que fabrica dinamita u obuses. En lo concreto el arco de responsabilidades es mucho mayor del que se suele decir y en lo general crear un mundo de paz por la vía no ya de la limitación de armas de fuego y aparatología militar, sino de su total desmantelamiento es infinitamente más improbable en el siglo XXI que en el XX a pesar de que las guerras de ahora se hacen de otras formas aparentemente menos cruentas: las trincheras y las líneas Maginot han desparecido y difícilmente se van a rehacer pero las listas de bajas no paran de crecer, no olvidemos que el arma más letal de destrucción masiva sigue siendo el vehículo puesto en carretera y conducido por cada uno de nosotros nada sospechosos de traficar con armas.

 

El guardia de la porra

Escrito por jesusricartmorera 20-11-2011 en General. Comentarios (0)

El guardia de la porra: principio de realidad.Néstor Estebenz Nogal CdV28mayo2011

¿Te acuerdas de cuando estabas en la edad de los muñecos y de los cuentos? Te decían que si no te portabas bien vendría el coco y te comería. Tus papás, seres increíblemente dotados para el cariño hacia ti, eran capaces de inocularte esta trola. Si te querían y te engañaban ¿qué decir de aquellos que tenían a sus hijos sin desearlos y no los querían tanto? Entre risas y bromas fuiste aprendiendo que aquella amenaza no tenía el menor sentido hasta que descubriste que no había que temer a nadie, que nadie se escondía detrás de las cortinas o debajo de las camas para asaltarte mientras dormías. Sin embargo la anécdota te caló y te quedó. Ahora como persona adulta también te dicen que si no te portas bien va a venir el guardia de la porra y te va a poner en tu sitio para que no desobedezcas las órdenes que el estado te da o el rol para el que se te tiene en cuenta: el de obediente social de las direcciones recibidas del sistema. Si quieres probar la verdad de esta amenaza no tienes más que permanecer unos cuantos días en un lugar con un cartel reclamando lo que consideres tus derechos, antes o después vendrá el susodicho y con su cinismo habitual te invitará a que despejes el lugar, en caso de incumplimiento te agredirá. El estado es el que contrata y manda a sus sicarios para golpear, herir y/o matar a la población. Todo estado sabe que tarde o temprano tiene que imponer su poder político por la fuerza. En unos países lo hacen manu militari con ejércitos en la calle y en otros con los llamados agentes antidisturbios. Estos son cuerpos especiales preparados para atacar a gente indefensa o en una clara desigualdad de medios. Los tipos que integran esos equipos de ataque tienen un lavado de cerebro, los entrenan en la tensión, tal vez anden drogados y en todo caso están psicológicamente lo suficientemente sucios como para abalanzarse contra gente desarmada, contra quienes van en sillas de ruedas, contra  mujeres embarazadas o contra niños. La filmografía documental sobre todo ello no deja la menor duda. A título de curiosidad estos superhéroes del sistema se llaman anti-hordas o anti-alboroto (en catalán anti-avalots) siendo curioso que sean los principales protagonistas los atacantes, ellos, de la violencia, la agresión y el alboroto.  Los regímenes pseudodemocráticos sacan a esos guardias de la porra a la calle contra el pueblo cuando presenta sus quejas, usan sus nuevos equipos de represión y ocultan sus números de identificación de las pecheras de sus uniformes. Comparativamente es mejor que saquen a esos tipos con cara de pocos amigos, es decir para hacer de enemigos contra la sociedad a que saquen los tanques y movilicen las tropas regulares del ejército, cosa que no han dejado de hacer ni dejan de hacer los regímenes totalitarios. La diferencia entre un soldado militar y un guardia de la porra es que aquel dispara fuego real y va con la bayoneta calada. La perspectiva de mortandad es distinta en un caso que en otro. (En el momento de escribir esto las protestas de la primavera árabe ya tienen por saldo un millar de manifestantes asesinados en Siria.).

Desde el punto de vista de la seguridad represiva el estado prefiere contener las protestas con las porras, las barras de goma y llegado el caso con los gases lacrimógenos  que no con las ametralladoras y las bombas, pero hay casuística sobrado en todas partes demostrando que puede optar por lo uno o por lo otro según el caso. Los golpes de estado suelen hacerse como golpes militares. Mientras el poder considera que es una minoría la que está en revuelta tratará primero de describirla como incivilizada, violenta e ilegítima y segundo tratará de eliminarla dando unos cuantos palos. Incluso podrá llegar a detener decenas de miles de personas (la marcha de la Sal en 1930 convocada por Gandhi tuvo por resultado una feroz represión con más  de 50mil detenidos, aunque el éxito fue de parte de los manifestantes acabando con el monopolio del imperio británico). El guardia de la porra aún con su pinta de malhechor y de tipo desnaturalizado capaz de –obedeciendo órdenes- atacar a gente totalmente indefensa es una figura representativa, aunque no lo sepa ni lo pretenda, de la realidad obsoleta y caduca, un perro guardián que protege los intereses de su amo, sea quien sea, por mafioso que sea, con tal de que le pague su sueldo de sicario. No hay tanta diferencia entre el tipo contratado por una banda de narcos encargado para dar una paliza a un extorsionado que no quiere pagar y el guardia de la porra que ha pasado por un proceso selectivo para ser contratado por un ayuntamiento o por un gobierno que no puede replicar las ordenes de mando. Ese solo hecho demuestra que un tipo contratado bajo estas condiciones es un anti demócrata puede que no se le deja actuar como pensante y solo admite una versión de los hechos, la de sus superiores sin reconocer la evidencia cuando se la encuentra. Si hay un tipo despreciable en todos los roles que hacen los humanos, el que se viste para agredir a otro injustificadamente es de la peor especie. Dentro del grupo están los torturadores. De vez en cuando los deseos violentos se filtran y uno de esos polis que se quejaba on line con su nombre de no poder haber dado ni siquiera una colleja a un manifestante fue expedientado. Eso sí, hay que guardar las apariencias e indicar que todo está bajo control, que los guardias de la porra solo obedecen órdenes cuando los hay que se extralimitan con ellas y los hay que escogen ese rol porque tienen las condiciones legales para hacer daño, mucho más daño del que nadie les hará nunca, y llegado el caso matar. Sí, matar. A un tipo armado cuanto más lejos se le tenga mejor y si no existiera en parte alguna seríamos superfelices.  Nos gustaría que los conflictos entre humanos y entre hermanos no tuvieran que resolverse por medio de la violencia. Todos los análisis sostienen que por ahora esto es un deseo infantil-idealista y que la violencia institucional oficializada (la de la asignación de presupuesto anual para mantener cuerpos de miles  o cientos de miles de uniformados) es una expresión de la violencia latente y también organizada de la sociedad (el crimen organizado de las mafias y el crimen individual). El caso es que a un segundo tipo de crímenes se añade el otro tipo no menos criminal por oficial que sea.

Los estados pretenden criminalizar los movimientos sociales y las justas reivindicaciones de la sociedad civil confundiendo  voluntariamente los actos de disidencia con conductas de incivismo. He ahí que el guardia de la porra viene a poner el límite: hasta aquí el sistema te deja y a partir de aquí te lo impide. Lo interesante, psicoanalíticamente reflexionando, de ese guardia de la porra es que su no-actuación como pensante. No hay dialogo posible entre manifestantes y represores, aunque los unos puedan enviarles misivas a los otros on line o a través de recogidas de firmas con comentarios[1] o tratar de ofrecerles flores cuando están en posición de stand by a la espera de órdenes para golpear. Quienes nacieron bajo una dictadura no pueden por menos que comparar lo que hacían los represores de entonces con los represores de las pseudodemocracias: lo mismo, básicamente lo mismo. El poder cambia de nombre y así mismo las policías cambian de aspecto pero las funciones de eliminar toda crítica radical por la vía de la violencia son las mismas.

El guardia de la porra es el que convierte las aristas de la administración y la negación a utilizar el tesoro público y los presupuestos para hacerlo mejor. Los estados optan antes por reajustes de las ventajas sociales en campos tan sentidos como servicios públicos, sanidad y educación que en reducir el volumen de sus equipos de represión  en limitar las ganancias empresariales.  Los estados están al servicio de la plutocracia y se relacionan con la sociedad de maneras contradictorias dando el visto bueno a situaciones de explotación inaceptables.

El guardia de la porra viene a obligar a suspender una conducta crítica y una visibilización de la protesta que no gusta a las finuras de las clases pudientes. Es posible que el estado de orden de atacar al pueblo con el máximo de imprudencia añadiendo a la indignación inicial de la revuelta de esta mucha más indignación para continuar en lucha. A menudo la falta de sensibilidad del gobernante y su miedo a no seguir teniendo el oportunismo de sentar su culo en el trono del poder  le lleva a atacar a la sociedad o a esa parte de la sociedad más combativa para diezmarla o anularla, y al hacerlo demuestra dos cosas: su inseguridad dentro del poder y su vulnerabilidad. De todos modos, lo que más teme el estado no es la revuelta de la protesta que por lo general o es puntual de una sola manifestación o dura no muchos días o semanas sino la conversión de las protestas en propuestas organizadas que alcancen fuerza para crear un poder popular en paralelo que impugne legislaciones injustas y trate de implementar un modelo económico alternativo. Por lo general las protestas exigen cambios articulados desde la misma administración en lugar de reorganizar la sociedad desde la base. Cuando el estado se encuentra en aprietos  puede hacer algunas concesiones, incluso destituir alguno de sus altos cargos, amputando parte de su dominio para continuar conservando el resto del corpus del poder. Lo acabamos de ver en Siria, el dictador decreta una amplia amnistía para los presos políticos para ganar tiempo y contener la furia popular sin que eso signifique ninguna concesión real de las reclamaciones, que están pasando por la claudicación justamente de este dictador. Lo interesante del represor pagado por un estado es que hace de celoso guardián de una realidad que no quiere ser tocada por quienes mandan en ella, porque tocarla equivale a desmontar el sistema de expolio que tiene organizado la clase dominante. Como principio de realidad cumple una función impagable ya que baja automáticamente de los burros a los idealismos más ignorantes, aquellos que piensan que las policías están cargadas de buena gente capaces de dar la razón al pueblo cuando la tiene. También sirve para reconducir las estrategias de la oposición ya que la lucha no es contra el sicario, es una lucha mas ajedrecista que no se entretiene eliminado peones sino que trata de hacer jaque mate al rey. La lucha política o contrapolítica como quiera llamarse, contra una política vigente clasista y chantajista, n oes una lucha de dardos ni de venganzas ni mucho menos de violencias, sino una lucha de la inteligencia histórica contra la estupidez rancia del inmovilismo. No hay que caer nunca en la dinámica de devolver los golpes no porque los agresores no se merezcan la picota y la decapitación sino porque la civilización moderna ha apostado por su reeducación y su reciclaje como seres admisibles en sociedad. Por muchos motivos de rabia social que haya y de odio clase propugnado por un cierta afán de vengatividad, la construcción de una nueva realidad ha de ser el norte de inspiración por encima de la destrucción del presente, este no es el fin sino la consecuencia logica del deseo de superación histórica. Deon Meyer habla de que  “la venganza solo lleva al caos y a la confusión”. Ve como la razón común de la violencia en cualquier parte del mundo es la misma: la falta de educación. La cuestión es ésta: a menor inteligencia y menor pedagogía de autoorganización social más demora histórica hacia un mundo mejor.



[1] En uno de los vectores de recogida de firmas durante el movimiento º15-M uno de los pligos de firmas era dirigido a los gossos de quadra para aádir un comentario: ¿Has pensado las consecuencias de tu tol? ¡Cambia de oficio! Escribí cuyando firmñé olvidando añadir: eres la escoria social.